Los retos de la universidad en el siglo XXI (II)


Los cimientos de lo que de lo que debía ser la universidad ya estaban puestos en la Edad Media: un lugar de estudio, reflexión y diálogo entre profesores y alumnos en búsqueda de la verdad, o con palabras de Alfonso X el Sabio en Las partidas, el "ayuntamiento de profesores y alumnos por el saber".

Desde entonces han sido muchas la modificaciones a las que se ha sometido la universidad, pero sin llegar nunca a ver trastocados sus puntos fundamentales. Cambian los métodos de enseñanza, los planes de estudio, los criterios de evaluación… pero no los valores sustanciales que siguen vigentes desde el medievo: el diálogo profesor-alumno y la investigación en pos de la verdad, y ambos aspectos son indispensables. En los últimos tiempos han sido varias las reformas universitarias en España, lo cual -no sin razón- ha favorecido tanto una no pequeña confusión social como, sobre todo, un alto grado de escepticismo sobre el papel que la universidad debe desempeñar.

Y estando así las cosas, ahora nos encontramos en medio de una nueva reforma universitaria, esta vez a nivel europeo, y que tampoco será la última, pues la universidad nunca debe ser algo estático o anquilosado. Las universidades europeas tienen la necesidad apremiante de recuperar el terreno perdido con respecto a las de Estados Unidos y Japón. Con las excepciones de Oxford y Cambridge, son pocas las universidades europeas que se acercan a los primeros puestos en los diferentes rankings de valoración de la calidad universitaria. Con el fin de mejorar estos resultados y aprovechar la movilidad que ofrece la Unión Europea, surge el proyecto EEES (Espacio Europeo de Educación Superior). El comúnmente llamado Proceso de Bolonia, iniciado de manera oficial en 1999, pretende llevar a cabo una ambiciosa transformación de la universidad europea que deberá estar implantada en su totalidad para el año 2010. Esta reforma se fundamenta en varios puntos que, a pesar de su complejidad, merece la pena comentar aquí.

En primer lugar hay que destacar la introducción de los llamados créditos ECTS (European Credit Transfer Sistem). Cada crédito equivale a unas 25-30 horas de trabajo del estudiante, es decir, clases, tutorías, prácticas, trabajos, estudio, lecturas, etc. El alumno tendrá que cursar 60 créditos por curso, lo que corresponde a unas 1500-1800 horas de trabajo. Este sistema basado en el nuevo "crédito europeo" quiere ser el criterio para homologar las titulaciones universitarias entre los Estados miembros de la Unión Europea. Como consecuencia de esto, se busca una mayor movilidad tanto de los titulados en el territorio europeo, como de los profesores, investigadores y alumnos entre las diferentes universidades.

Cambia también ahora el sistema de titulación. Abandonando el esquema napoleónico más centrado en la licenciatura, se tiende a imitar el modelo anglosajón, en el que de alguna manera subsiste el ya ideado en la Edad Media y que fue analizado anteriormente: unos estudios iniciales más genéricos que constituían el llamado Bachillerato de Artes, y que ahora serían los undergraduate studies o grados; y posteriormente unos estudios especializados de postgrado, graduate studies o másters. La estructuración de estos estudios puede ser de dos modos: tres años de grado y dos de máster, o cuatro años de grado y uno de máster, siendo este último el sistema que se ha implantado en España, una controvertida elección sobre la que se volverá unas líneas más abajo. Después del máster se encuentran los estudios de doctorado.

Asimismo, como efecto de las reformas aquí explicadas, hay modificaciones en los métodos de enseñanza y en los criterios de evaluación. Teniendo en cuenta los créditos ECTS, se limita el número de clases magistrales y se deben valorar más los trabajos de investigación del alumno así como su participación en clase, donde debe demostrar su habilidad para argumentar de manera eficiente en público, su capacidad para trabajar en equipo, afrontar retos, etc. Unos cambios interesantes que pretenden sacar al alumno del anonimato.

Sin embargo son muchos también los nubarrones oscuros que se ciernen sobre el nuevo Espacio Europeo de Educación Superior. Como de manera muy somera se ha mostrado aquí, se trata de una reforma ambiciosa cuya aplicación conlleva un trabajo ingente, además de un cambio de mentalidad. Por todo ello, si a estos objetivos no le siguen los medios correspondientes (tiempo proporcionado para la aplicación del plan, inversión económica, adecuación de las infraestructuras, etc.), es muy probable que en muchos casos esta reforma se quede simplemente en una cuestión terminológica y que en la práctica todo siga como hasta ahora.

Otro grave problema a tener en cuenta es el descenso del nivel que puede suponer la introducción de unos estudios más genéricos durante los cuatro años de grado. No es objetivo de la universidad centrarse en aspectos que son más propios del bachillerato y dejar reducida la auténtica universidad al máster. Además, resulta sumamente preocupante acortar esos estudios de especialización a un solo año, cuando en otros países como Estados Unidos es precisamente ahí donde se da un fuerte impulso, también económico.

Por otro lado, existe el peligro creciente de concebir la universidad como una formación profesional altamente cualificada, donde el alumno va a conocer un oficio. La universidad no debe adaptarse servilmente a las exigencias del mercado, ya que por su propia esencia de búsqueda de la verdad debe aspirar no sólo a conocer el cómo (que siempre tiene algo de efímero) sino también el por qué. En consecuencia, si no se recupera la auténtica misión de la universidad, no habrá nada que hacer por muchas legislaciones que se apliquen o por mucho que se aumenten los presupuestos. El universitario debe caracterizarse por su amor a la verdad y por conjugar constantemente los verbos reflexionar, buscar, descubrir y transmitir.

En suma, el nuevo Espacio Europeo de Educación Superior crea una ocasión para mejorar la calidad universitaria, pero es muy fácil que todo siga igual o incluso que empeore. Sin embargo es una oportunidad de cambiar. El resultado depende de toda la comunidad universitaria. Ahí está el reto.

Luis Arenal
Director de Perkeo. Licenciado en Filología Clásica. Profesor de Periodismo y Comunicación en la Universidad Antonio de Nebrija. Profesor de Lengua y Literatura Latina.
               
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