Duda


Su cabeza era como una bomba de relojería. Sus vericuetos mentales podían asustar al mejor de los expeólogos que minimizado escudriñara una salida entre sus neuronas. Donde alguien decía “digo” él entendía “Diego”. En el trabajo veía fantasmas por doquier. Compañeros en busca de ascensos que él merecía más. “Trepas” que buscaban desfavorecerle ante su jefe.

Fue a más en marzo, el mes que cumplía años. Le tocaba el número fatídico, cuarenta. Su mujer no dejaba de hacer llamadas telefónicas. De mandar mensajes con el ordenador y de cuchichear con sus amigos comunes. Julián no podía más. Aquella noche sonó el teléfono por tercera vez. Él no había querido cogerlo. Estaba ordenando unos papeles del banco. Dejó que su mujer lo hiciera. Pronto desapareció por el pasillo. Sin duda, era una llamada secreta, confidencial, una conversación escondida que él no podía escuchar. Tiró todas las facturas, recibos y avisos bancarios. Mientras se ponía en pie, maldijo a la persona que estuviera al otro lado de la línea hablando con Adela. Se dirigió en busca de un refugio donde sentirse mal, humillado, engañado, mártir, en definitiva. Pronto estaba en la terraza de la cocina.

Aquel maldito patio interior que se divisaba como paisaje no le gustaba nada, el sol no daba en aquellos ladrillos desde el día que los pusieron. Era como un tubo clavado en un trozo de cielo con cuatro estrellas. Adela les había puesto nombre. A ella sí le gustaba mirar hacia arriba. Algunas veces pasaba por allí la luna, iba como rodando por el tejado y se quedaba suspendida hasta que alcanzaba el lado opuesto. Ese día estaba allí, entre las nubes... No soportó mucho mirándola. Recordó el nombre de las cuatro estrellas. Su cerebro tramaba e imaginaba mil argucias y mentiras de Adela. Ya no le quería.

A su espalda, la luz de la cocina se encendió. Su mujer hablaba aún con su interlocutor.

—Sí, él no sabe nada... afortunadamente... ya sabes cómo es, si se entera... es capaz de cualquier cosa... prefiero no imaginarlo. Mañana sin falta, sí, a las ocho. Estoy deseando que llegue este gran momento, Andrés.

Hubo una pausa. Julián tragó saliva sólida y anudada. Le hizo hasta daño en la garganta. No había dudas.

Al día siguiente abandonaría su casa. Allí esperó pacientemente hasta que su mujer se retiró de la cocina. A escondidas, aquel hombre desesperado buscó la cama. Sin mediar palabra, se las ingenió para no cruzarse con Adela. Todo le resultaba increíble, ni una mente como la suya podría haber imaginado su mejor amigo Andrés, estuviera detrás de todo aquel penoso engaño.

Después del trabajo, llegó tarde adrede, su mujer no estaba en casa. Mejor. Con una sola maleta le bastó. No necesitaba más. Un pijama, unas camisas, mudas y su maquinilla de afeitar. Atravesó el patio de la urbanización cabizbajo, su mente continuaba con un lamento monocorde. Se cruzó con el portero y no lo saludó. Llevaba unas sillas bajo los dos brazos y se dirigía hacia la sala común que había al lado de la portería. De allí salía una música con tono melancólico. Era su canción preferida. Levantó al cabeza. Por la ventana asomaba las cabeza de Adela. Reía como casi siempre. Ella lo vio y salió a su encuentro.

—Feliz cumpleaños, querido. Bienvenido a tu fiesta sorpresa. Todos tus amigos te esperan. ¿Y esa maleta?

Julio César Romano
Miembro del Consejo Editorial de Perkeo. Licenciado en Filología Hispánica. Profesor de Lengua y Literatura Española. Autor de varios libros, entre ellos El auténtico grial y El pozo de los mil truenos.
               
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